Posted: 2010-06-27 15:36
Mente Joven
Por Nelson Castillo, etagle@gmail.com
"La luciérnaga brilla cuando vuela, la mente también."~James Bailey
Siempre hemos escuchado esa sobada y ya prefabricada frase que dice que “la juventud es un estado, una actitud (mental)”. Y digo prefabricada no por que dicho pensamiento no sea cierto, sino porque son tantas las bocas dentadas y desdentadas que de manera hipócrita y cínica la pronuncian, que poco honor le hacen, más aun cuando vemos que quienes afirman con tanta solemnidad mantienen una actitud nada positiva, sino más bien retrógrada alimentada por convencionalismos ridículos e inútiles.
En efecto, ¿De qué sirve un pensamiento el cual no se lleva a efecto? La respuesta es obvia: a nada. Al menos a nada bueno.
Más aun, el pensamiento inútil carente de acción genera decrepitud, degeneración y vejez, no sólo en lo mental, sino en lo físico.
Y es que la mente es como un repositorio de agua, que cuando ésta no fluye y se estanca, no se oxigena y se pudre; nacen las larvas, los mosquitos y el hedor se hace presente. Pero aquí no me refiero a la actividad mental puramente intelectual.
Lo mismo pasa con muchas de nuestras vidas y mentes al sumar años.
Muchos estancan su esencia vital con chismes, malos pensamientos, crítica y desconfianza. Y lo más triste del caso es que en su larga vida adulta se convierten en verdaderos expertos de estos malos hábitos, que al final de cuentas producen achaques y “misteriosas” apariciones de enfermedades físicas.
Hace ya muchos años hubo un ilustre investigador y erudito, precursor de la endocrinología, que señaló la estrecha relación existente entre mente y cuerpo, a tal punto de acuñar el término, ya por estos días tan común de ser oído, denominado “psicosomático”. Obviamente que en aquella época a dicho erudito la ciencia oficial no le dio mucha pelota. Y aun hoy en día hay a muchos hombres de ciencia, como médicos, a quienes el término poco menos que les espanta, incluso siguen con la fabulosa idea de que nuestra estructura puede ser dividida prioritariamente en un cuerpo que contiene un cerebro, el cual a su vez posee una mente; siendo que más bien somos una mente que contiene un cuerpo, el cual a su vez posee un cerebro…
Felizmente la ciencia ha atisbado este “nuevo” paradigma e incluso comprobado esto último con estudios recientes y que reflejan insospechadas relaciones o conexiones entre nuestros diversos sistemas fisiológicos, conexiones las cuales pasaron inadvertidas por muchos años a los ojos de la ciencia oficial, por ser, diríamos, muy etéricas para ser detectadas y que no se conocían hasta hace muy poco.
Por ejemplo, La Yoga (Kundalini) considera la existencia de un sistema etérico por el cual el ser humano transmuta la Energía Universal en componentes materiales necesarios para el sustento de la vida humana. Este sistema o cuerpo etérico posee unos centros que se denominan Chakras. Los Chakras pueden ser considerados como puntos focales de la mente, muy activos y a los cuales se les asocia una determinada VIBRACIÓN energética, obrando estos de forma biótica sobre nuestro sistema fisiológico. Cada Chakra posee su correspondiente doble material y que se asocia o coincide en la mayoría de veces con una glándula endocrina. Así pues, el Chakra Muladhara se asocia a las Gónadas, el Chakra Manas al Páncreas, etc.
Pues bien, dentro de esta doctrina el corazón también es considerado asiento material de un Chakra, en este caso llamado Anahata. La ciencia occidental miraba recelosamente este hecho, dado que, entre otras cosas, no consideraba al corazón como una glándula endocrina debido a que la función endocrina sólo se asociaba al tejido glandular. Sin embargo, no fue sino hasta la década de los ochenta cuando la ciencia descubre la hormona del corazón FNA (Factor Natriurético Auricular), la cual tiene una estrecha actuación sobre los riñones.
Ahora bien, a partir de estos descubrimientos ya la ciencia considera la posibilidad de que existan otros tejidos, no sólo glandulares, que puedan tener esta función endocrina.
Por otra parte la ciencia ha descubierto que las relaciones bioquímicas del ser humano no son puramente mecánicas, sino que obedecen a mecanismos más bien VIBRACIONALES a nivel molecular.
Este es el caso de los receptores que reciben determinados mensajes de sustancias tales como las hormonas y los neurotransmisores.
Esto da crédito a ciertas doctrinas antiquísimas, así como a ciertos planteamientos de la física cuántica: La VIBRACIÓN es un elemento no sólo físico, sino un elemento de la función biológica a ser considerado.
Las sustancias químicas que se relacionan con los receptores se denominan ligandos, estos son: las hormonas, los neurotransmisores y los péptidos.
Durante muchos años, se pensó que este sistema de receptores y ligandos era propio del sistema nervioso y el cerebro. Se consideraba que los neurotransmisores eran las sustancias químicas del pensamiento.
Pero nuevos estudios dan cuenta de otra verdad, ya que este sistema de comunicación de sustancias químicas está en realidad diseminado POR TODO EL CUERPO. NUESTRA MENTE NO SÓLO ESTÁ EN EL CEREBRO. Esto, a su vez, cambia totalmente el paradigma de cómo la mente (psiquis) se relaciona con el cuerpo (soma).
Por toda la estructura material de nuestro ser, en cualquier resquicio del mismo, hay sustancias que se asocian al pensamiento y a la emoción, la mente está en todas partes de manera ommnipresente, procesando y entregando un gran cúmulo de información de manera bidireccional, de tal suerte que ahora el cerebro es tan sólo un punto focal de una gran actividad emocional y psíquica dentro de esta gran red que a su vez recibe información que previamente ciertos puntos nodales de este sistema de receptores-ligando ha seleccionado. La conexión mente-cuerpo no es ahora solamente un sistema de comunicación exclusivamente eléctrico gobernado por la activación de las células nerviosas. Estos centros nodales poseen incluso su propia memoria. Tal es el grado de autonomía de estos que algunos investigadores los llaman pequeñas mentes y se cree que estos serían el asiento de lo que desde hace ya algún tiempo se denomina subconsciente.
Como ya hemos apuntado este sistema es bidireccional, es decir la información no sólo viaja desde la mente hacia el cuerpo, sino que también viaja desde el cuerpo hacia la mente.
Este lenguaje de comunicación de cuerpo-mente, resultaría ser muy sutil y seguiría los matices dados por la experiencia, es decir, no es un lenguaje literalmente codificado como el usado habitualmente para comunicarnos entre humanos.
En este sentido, se realizó un interesante experimento en donde a unos perros de les dió una sustancia endulzada con sacarina, cuyo efecto era el de producir depresión en el sistema inmunológico de los animales. Luego, a estos mismos canes, se les suministró sólo sacarina, sin la otra sustancia, y también se produjo una baja en la actividad inmunológica de los perros…
Los perros de manera subconsciente regularon la actividad inmunológica.
Todo esto, sorprendentemente, constata y demuestra científicamente algunas de las prácticas antiquísimas como las de la Raja Yoga, del Taoísmo y del Budismo, entre otros, en donde la respiración y los ejercicios de meditación tienen una tremenda ingerencia en la potenciación de los sistemas psíquico-biológicos que recién la ciencia occidental vislumbra en sus incipientes pero no menos importantes descubrimientos.
Por ello es más que evidente que un pensamiento sostenido continuamente produce un efecto real, objetivo, concreto y eventualmente dable de ser dimensionado en nuestra estructura física.
Visto el asunto a la luz de esto, es imperioso educar y cultivar la mente, cuidarla como el más preciado de los jardines, ya que de no hacerlo, los primeros afectados somos nosotros mismos acusando un deterioro palpable en nuestro sistema inmunitario y consecuentemente en nuestra salud..
Una buena salud se construye también con buenos pensamientos. Y esto ya dejó de ser una verdad esotérica para convertirse en una verdad puramente científica como resumidamente hemos visto.
Requerimos urgentemente de una profilaxis mental. Todo intento de mejorar la salud debiera comenzar con esto. Y debiera empezar en la educación dada en la más tierna infancia.
Por eso y a modo de antídoto, siempre es recomendable disfrutar la vida mesuradamente con pequeñeces simples y bellas desperdigadas por ahí y que esperan que tropecemos con ellas para ser apreciadas a través de la lupa de la inocencia y así verlas como realmente son: magnánimas, simplemente magnánimas.
Por ello, el camino de lo Espiritual se basa en la Inocencia.
La Inocencia pule y lustra nuestra mente, la hace refulgente, cual espejo perfecto que es; absorbe la luz del Universo para luego reflejarla por doquier.
¿De que sirven los rezos de una mente oscura tiznada por abyectos pensamientos y deseos, incapaz de reflejar el valor y sentido de lo esencial y trascendente de la Vida?
Una mente así, con tantos contrapesos, es incapaz de elevar dichas plegarias a los cielos, y peor aun, incapaz de oír lo que desde estos se le pueda susurrar…
El mundo, con toda la humanidad llena de creencias y conceptos de todo tipo, no parece ser más elevada y altruista, sino todo lo contrario. Ahí están los hechos que la desnudan en su hipocresía.
Cierta vez, estando en un velorio escuchábamos a un viejo –como el mismo se autodenominaba- muy simpático que nos contaba sus experiencias. El monólogo era versado sólo sobre recuerdos de personas, de cosas, de lugares, de comidas etc. Sólo recuerdos. Y nos preguntábamos ¿Es que llegados a una edad, nuestra mente está automáticamente programada para anclarse sólo en el pasado? ¿Qué pasaría si llegados a los 90 años estuviéramos más tiempo mirando hacia el futuro entreteniéndonos con aprender tantísimas cosas, curioseando y descubriendo otras tantas más? Esa anormalidad estamos seguros que intentarían tratarla en algún psiquiátrico geriátrico, administrando algún enema o pastilla radioactiva. Pero esto felizmente no es lo normal, sino aquello, lo del viejo del monólogo.
Vivir así, siempre en el pasado, nos parece que es una eterna agonía y, peor aun, adelantada.
Y es que cuando la pregunta “¿Qué esperamos de la vida?” ya no la hacemos recurrentemente sino que la reemplazamos por otra “¿Cuándo llegará la muerte?”, ciertamente somos viejos, muy viejos; y eso no tiene que ver con cuantos años se tengan a cuestas.
Vemos tristemente que muchas personas, ya entradas en edad, en vez de haber desenrollado el Libro de la Vida, más bien lo han enrollado con conceptos inamovibles y firmemente anquilosados en su ser que literalmente los podemos ver. Han cerrado ese libro con creencias atávicas que son en su mayoría, sino todas, ridículas supersticiones. Lo han hecho inaccesible con sus miedos que han ido destilando a lo largo de sus años hasta obtener la esencia misma de estos: miedo a la muerte. Todo esto les ha impedido alivianarse para poder desplegar sus angelicales alas y elevarse conscientemente hacía encumbrados derroteros donde mora el alma…
Nuestra vida, esa experiencia de nuestro eterno existir, debiera ser todo lo contrario a medida que sumamos años: una celebración constante de creciente alegría en nuestro camino de retorno hacia la inocencia y nuestra verdadera patria celestial, que dista en extremo de ser lo que habitual y míticamente entendemos por celestial…
Y esto es imposible mientras no desechamos y desterramos, entre otras cosas, nuestros miedos de nuestro ser, incluyendo el de la muerte.
Pero es entendible, ya que ese miedo ancestral ha sido alimentado por años y siglos de taladrarnos y machacarnos la psiquis con el terror a desaparecer físicamente, de no ser salvos e irnos a quien sabe que infierno a causa de nuestros pecados y no poder recibir las mieles de una vida eterna en un sublime cielo, mítico y fabuloso.
Los “buenos” (aun no se ponen de acuerdo si por fe o por obra) irán al Cielo.
Esa es la mayor y demagógica promesa que jamás político alguno haya proferido.
El infierno, ese otro mítico y fantástico lugar inventado por intereses propiamente materiales, y cuyo origen bebe de las fuentes Persas, debiéramos buscarlo más bien en nuestra mente y personalidad, aquí mismo en la tierra. Su signo distintivo, diríamos, es la “I”.
La ”I” del infierno:
Intolerancia.
Ignorancia.
Impaciencia.
Incomprensión.
Ira.
I sólo la Inocencia nos remide de ese lugar, elevándonos hacia la felicidad aquí en la tierra.
Porque la inocencia no conoce de juicios (prejuicios), de pasados y futuros -sólo de presentes- y sabe sólo de libertades, que nos emancipan, no de ningún tirano externo, sino de nosotros mismos y de nuestras supersticiosas creencias, obtusos pensamientos, abyectas pasiones, añejos conceptos y malvados prejuicios.
La Inocencia es el mágico elixir que todo lo cura, la Fuente Eterna de la Juventud…
El presente es nuestra época.
Somos eternos.
La vida es pasajera… y la muerte también.




