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Art. La Información: SOBRE LA VERDAD

Posted: 2010-08-30 14:42

Sobre la Verdad

Por Emmanuel Tagle, etagle@gmail.com



"La verdad espera. Sólo la mentira tiene prisa." ~Alexandru Vlahuta




Parte 1/2



A través de los tiempos la humanidad ha buscado incansablemente un bien supremo, superior y absoluto, expresado en manifestaciones éticas y morales basadas en la razón y la lógica, así como también en sistemas de dogmas y creencias agrupados en estructuras religiosas e inclusive en sistemas mitológicos. A eso le ha denominado como La Verdad.



Así, diversas culturas de todas las edades han diseñado sistemas varios para alcanzar dicha Verdad que se presupone no está al alcance inmediato de los hombres…



Ya en tiempos remotos, filósofos como los de la corriente de los Epicureos destacaban el hecho de que lo trascendente no puede ser aprendido y aprehendido a través de nuestro intelecto, el cual, aun cuando pueda conducirnos por derroteros elevados, sólo podrá ubicarnos hasta un determinado umbral, empero no más allá en donde la felicidad absoluta se encuentra.



Otros, como los Budistas y en particular los de la doctrina Zen, mantienen un similar concepto, destacando la necesidad de “quebrar” el intelecto de tal forma de trascender la dualidad de las cosas que nuestra mente y/o psiquis está capacitada para entender. Ahí tenemos, como expresión de lo anterior, los Koan budistas que obligan al discípulo a prescindir del razonamiento lineal y apelar más bien a una elevación de su Consciencia.



El Sufismo, esa tradición esotérica del Islam y que dista en extremo de ser similar al cuerpo dogmático de dicha religión, igualmente presenta semejante postulado.



Y es que la “carnificación” de la Verdad no se basa en creencias ni en maromas intelectuales, sino en hondas y profundas experiencias íntimas del ser a base de vivencias. De esta forma la sabiduría no sería otra cosa que el resultado de la experiencia, de la experimentación del conocimiento adquirido.



Lo espiritual, entendiéndose por ello como la elevación, potenciación, refinamiento de la estructura físico-emocional-mental del ser humano, no puede ser transmitido ni endilgado a través de escritos sagrados u otro sistema de transmisión de información. Estos sólo se presentan a modo de mapas y/o referencias a ser transitados. Eventualmente la mejor manera de transmisión de conocimiento entre el maestro y el discípulo es la oral, y no por el hecho de que las palabras transmitidas en esa forma sean más adecuadas, sino porque este acto presupone un contacto personal entre discípulo y el maestro que va más allá de la simple comunicación, aun cuando, la mayoría de las veces, sea el discípulo inconsciente de este hecho vivificador…





De igual forma, el símbolo rosacruciano de la rosa enclavada en la cruz, nos habla de la expresión de lo superior a través de la densa materia del ser humano. Por ello es que lo Superior no puede ser mejor que el vehículo de expresión que nosotros mismos le proporcionamos. De ahí que el simbolismo cobra mayor significación: la crucifixión de lo Divino en la carne (materia densa) de lo humano y que lucha infructuosamente por expresarse.



Es por ello que somos un tanto reacios a ciertos esfuerzos impositivos en las cuestiones espirituales, porque estos asuntos son el resultado de la maduración interna de cada ser humano.



No es lo mismo “Evangelizar” que propiciar lo que denominamos “La Alta Cultura Espiritual”, la cual se aleja de dogmas, creencias, supersticiones, prejuicios y/o preconcepciones arcaicas o “santas” tradiciones ajenas a todo progreso científico, cultural, artístico y moral; y que en definitiva se encuentran total y absolutamente divorciadas del más sano sentido común.



A continuación, recurrimos a un excelente relato Sufí para ejemplificar lo antes descrito.



Las leyes, por sí mismas, no hacen mejor a la gente, dijo Nasrudín al Rey . Es necesaria la práctica de ciertas cosas para lograr armonizarse con la verdad interior. Esta forma de verdad se asemeja muy poco a la verdad aparente.



E1 monarca decidió que él podía hacer y haría que la gente dijese la verdad. Él podía obligarlos a practicar la veracidad.



Se entraba a su ciudad por un puente. Sobre éste hizo construir un patíbulo. Cuando al amanecer del día siguiente fueron abiertas las puertas, el Capitán de la Guardia se encontraba apostado allí con un escuadrón de tropas, para examinar a todo el que entraba.



Fue hecho este anuncio: «Todos serán interrogados. Si dicen la verdad, se les permitirá entrar. Si mienten, serán colgados». Nasrudín se adelantó.

¿Adónde va usted?

-Yo -dijo Nasrudín lentamente- voy camino a ser colgado.

-¡ No le creemos! -le contestaron.

-Muy bien, si he mentido, ¡cuélguenme!

-Pero si lo colgamos por haber mentido, habremos hecho que lo que usted dijo sea cierto.

-Así es: ahora saben lo que es la verdad. ¡Su Verdad!

Parte 2/2

“La verdad se pierde en el laberinto de las discusiones” ~ Séneca

Como ya hemos planteado en anterior entrega, la moral basada en la armonización de ciertos principios depende no de conceptos o creencias, sino de una sincera actitud y práctica consecuente, de modo que la maduración interior sea posible. Lo contrario sería una inmoralidad, toda vez que consideremos que las creencias son diversas en toda la humanidad y son particularismos de ver la realidad.

Es por ello que somos reacios a esa pedagogía espiritual tan infantil y miope que se basa en inculcar al ser humano dogmas a base de fe ciega con fantásticas promesas y terribles castigos, desconociendo y relegando el cultivo de las fuerzas internas e ingénitas propias del ser humano.

La “Alta Culturización Espiritual” no reniega, de entrada, los aspectos derivados de la condición humana del individuo en todas sus dimensiones, sino que las reconoce, las acepta, las enfrenta, las contrasta y las encauza. En resumen, las cultiva.

¿Cómo se ha de pretender alcanzar lo trascendente si olvidamos cultivar el basamento primordial de nuestro ser en sus aspectos físicos, emocionales y mentales?

La espiritualidad basada en la impresión sugestiva de los sentidos, en el mero ritual, no es más que un exoterismo que pertenece al mundo de las formas, de lo superficial.

Continuando con la sabiduría que emana del sufismo, presentamos otro cuento que es revelador en ese sentido.


Nasrudín llega a un pequeño pueblo en algún lugar de Medio Oriente. Era la primera vez que estaba en ese pueblo y una multitud se había reunido en un auditorio para escucharlo. Nasrudín, que en verdad no sabía qué decir, se propuso improvisar algo. Entró muy seguro y se paró frente a la gente. Abrió las manos y dijo:

- Supongo que si ustedes están aquí, ya sabrán qué es lo que yo tengo para decirles.

La gente dijo: - No... ¿Qué es lo que tienes para decirnos? No lo sabemos. ¡Háblanos!

Nasrudín contestó: - Si ustedes vinieron hasta aquí sin saber qué es lo que yo vengo a decirles, entonces no están preparados para escucharlo.

Dicho esto, se levantó y se fue.

La gente se quedó sorprendida. Habría sido un fracaso total si no fuera porque uno de los presentes, mientras Nasrudín se alejaba, dijo en voz alta: - ¡Qué inteligente!

Y como siempre sucede, cuando uno no entiende nada y otro dice "¡qué inteligente!", para no sentirse un idiota uno repite: "sí, claro, qué inteligente". Y entonces, todos empezaron a repetir: - ¡Qué inteligente!.

Hasta que uno añadió: - Sí, qué inteligente, pero... qué breve.

Y otro agregó: - Tiene la brevedad y la síntesis de los sabios. ¿Cómo nosotros vamos a venir acá sin siquiera saber qué venimos a escuchar? Qué estúpidos que hemos sido. Hemos perdido una oportunidad maravillosa. Qué iluminación, qué sabiduría. Vamos a pedirle a este hombre que dé una segunda conferencia.

Entonces fueron a ver a Nasrudín, aludiendo que su conocimiento era demasiado para reunirlo en una sola conferencia. Nasrudín dijo que no, que de ninguna manera, que su conocimiento apenas alcanzaba para una conferencia y que jamás podría dar dos. La gente dijo: - ¡Qué humilde! E insistió en que querían escucharlo una vez más, hasta que finalmente, después de mucho empeño, Nasrudín accedió.

Al día siguiente, el supuesto iluminado regresó al lugar de reunión, donde había más gente aún, se paró frente al público e insistió en su técnica:

- Supongo que ustedes ya sabrán qué he venido a decirles.

La gente, cuidando de no ofender al maestro con la infantil respuesta de la anterior conferencia, dijo:

- Sí, claro, por supuesto que lo sabemos. Por eso hemos venido.

Nasrudín bajó entonces la cabeza y añadió:

- Bueno, si todos ya saben qué es lo que vengo a decirles, yo no veo la necesidad de repetirlo.

Se levantó y se volvió a ir.

La gente volvió a quedar estupefacta. Hasta que alguien, otro alguien, gritó: - ¡Brillante!, tras lo cual el resto comenzó a decir:

- ¡Sí, claro, este es el complemento de la sabiduría de la conferencia de ayer! - ¡Qué maravilloso! - ¡Qué espectacular! Y enseguida se oyó: -

¡Queremos más, queremos escucharlo más. Queremos que este hombre nos dé más de su sabiduría!

De manera que una delegación de los notables fue a verlo para pedirle que diera una tercera y definitiva conferencia. A pesar de la negativa de Nasrudín, la gente le imploró, le suplicó, le pidió una y otra vez, hasta que aquella persistencia lo persuadió y, finalmente, aceptó.

Por tercera vez, se paró frente al público, que ya era multitudes, y les dijo:

- Supongo que ustedes ya sabrán qué he venido yo a decirles.

Esta vez, la gente se había puesto de acuerdo: sólo el intendente del pueblo contestaría. El hombre, desde la primera fila, dijo: - Algunos sí y otros no...

En ese momento, un largo silencio estremeció al auditorio. Todos siguieron a Nasrudín con la mirada. Entonces, el maestro respondió:

- En ese caso, los que saben... cuéntenle a los que no saben.

Y nuevamente se levantó y se fue.
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